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La Cuestión Europea, parte II: la muerte del Papa Francisco, un “milagro” de diplomacia involuntaria

por Alessio CardinalePublicado el
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La muerte de Papa Francesco ha trastornado los planes de los díscolos líderes europeos, obligados por las circunstancias a hacer de damas de honor del cara a cara entre Trump y Zelensky bajo el auspicio de la Italia de Giorgia Meloni.

Por Alessio Cardinale

Como nunca en los últimos 6 meses, la verdadera naturaleza de la Unión Europea ha quedado al desnudo, con su carga de fragilidad internacional exhibida ante acontecimientos por otra parte ampliamente previstos. La elección de Trump a la presidencia de Estados Unidos, de hecho, para Von Der Leyen & co. fue todo menos la clásica sorpresa inesperada, al igual que las intenciones del “Tycoon” –que en italiano significa “magnate”, para quienes usan términos anglosajones sin conocer su significado– en lo relativo a la política comercial que piensa adoptar frente a los odiados competidores europeos.

Cualquier verdadera federación de estados, ante el avance de los escenarios internacionales más temidos, habría reaccionado con antelación, programado medidas económicas adecuadas y adoptado instrumentos para contener las emergencias eventualmente generadas por los efectos de esos mismos escenarios. En suma, se habría movido de manera unitaria y eficaz para disuadir de raíz las intenciones abiertamente declaradas por Trump o para contar con mayor poder de negociación cuando hubiera llegado el momento de sentarse a la mesa de las conversaciones sobre los aranceles comerciales. En cambio, nada de nada. La Unión Europea se ha mostrado inmóvil y a merced de las iniciativas arbitrarias de los distintos estados miembros: cada uno tirando para su lado, de forma desordenada y sin una estrategia común. En ese sentido, el papel de mediador internacional conquistado sobre el terreno por Italia, con Giorgia Meloni al frente –y torpedeado con mal disimulada irritación por Von Der Leyen y por Macron, con alemanes y neerlandeses desaparecidos– es el resultado natural del inmovilismo europeo frente al ritmo velocísimo de los cambios puestos en marcha por Trump.

Todo esto ha podido suceder porque la actual estructura de la Unión Europea, al no ser una verdadera federación de estados sino un simple acuerdo monetario vendido hace veinticinco años como “Unión”, está diseñada para mantener las divisiones entre los estados miembros, en lugar de superarlas. Es un actor demasiado débil para ser un actor político independiente, al haber impuesto reglas económicas rígidas (Pacto de Estabilidad y tozudas políticas de austeridad) que han generado malestar en varios países, alimentando sentimientos antieuropeos. No ha promovido con la misma fuerza una identidad cultural común, dejando que los ciudadanos vieran Bruselas más como un “administrador de normas” que como un proyecto político compartido. Ha permitido que las grandes potencias europeas (como Alemania y Francia) marquen la pauta, creando desequilibrios entre países más fuertes y países más débiles, sin un verdadero mecanismo de solidaridad.

El resultado es que los ciudadanos no se sienten parte de una comunidad única, y eso no cambiará mientras quienes mandan (Alemania, Francia y Holanda) saquen provecho de esta fragilidad política. La percepción de la división sustancial entre los estados miembros se extiende de la base a la cúpula, y alcanza por tanto también a las distintas liderazgos nacionales. Hemos tenido un ejemplo clarísimo cuando, en las últimas dos semanas, los principales gobiernos europeos se han enfrentado (a distancia) a la hipótesis de una cumbre en Roma entre el presidente Trump, los líderes de la UE y los jefes de gobierno de los veintisiete sobre la cuestión de los aranceles y de la guerra en Ucrania. En medio, la muerte de Papa Francesco que ha apaciguado no poco los ánimos y ha trastornado los planes de los díscolos líderes europeos, obligados por las circunstancias a hacer de damas de honor del cara a cara entre Trump y Zelensky, aunque en un marco político atípico pero bajo el auspicio de Meloni. Un auténtico “milagro” de diplomacia involuntaria, gracias al cual el intento de rebajar el papel de mediadora de Giorgia Meloni entre Washington y la UE se ha quedado en nada, al igual que los coartadas que Europa, con su inmovilismo forzado por su propia naturaleza, había proporcionado hasta ese momento al presidente estadounidense, todavía deseoso de choque con con los demás líderes.

La Historia nos enseña que los grandes cambios llegan a partir de fenómenos económicos extremos, como las grandes crisis económicas (¿quién se atreve hoy a descartar una en el próximo futuro?). Los acontecimientos geopolíticos –el caos en Oriente Medio, la fragilidad ucraniana y el giro en EE. UU.– han mostrado que la UE:
1) no es capaz de tomar decisiones rápidas y eficaces frente a los cambios;
2) sigue dependiendo demasiado de Washington para la defensa y de Asia para la energía y la tecnología.
Por tanto, si llegara a producirse una crisis económica o política a gran escala, la UE deberá elegir superar sus límites y convertirse en un verdadero bloque federativo autónomo, evitando permanecer en la actual condición de entidad
fragmentada e irrelevante en las grandes decisiones globales. Ante esta necesidad absoluta, es fuerte el temor de que los líderes europeos terminen asistiendo pasivamente –en defensa de su propio pequeño territorio nacional– a un empeoramiento de la situación hasta el punto de no retorno antes de comprender que el sistema actual no funciona. Y dado el actual nivel cualitativo de la clase política europea, es igualmente fácil prever que pasará mucho tiempo antes de que los líderes superen el enfoque campanilista y piensen con una visión auténticamente europeísta y unitaria, por lo que queda por ver si tal actitud puede (o no) llevarnos al punto de no retorno.

La crisis pandémica de 2020 ha mostrado que, ante una emergencia extrema, la UE puede superar ciertos bloqueos y adoptar medidas extraordinarias, como el Recovery Fund, que hasta unos meses antes parecía impensable. Esto demuestra que, si la crisis es lo bastante grande, incluso los líderes más “campanilistas” y obtusos pueden verse obligados a cambiar de enfoque. La clave, por tanto, reside en el grado de presión que una futura crisis ejercerá sobre el sistema: si la crisis es moderada, probablemente solo se verán ajustes temporales; si es profunda, como una crisis económica global o una retirada neta de EE. UU. de la seguridad europea, entonces la UE deberá decidir si evoluciona o sucumbe.

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