
Riesgos: ¿por qué evitarlos cuando se pueden gestionar con conocimiento?
El riesgo nace cuando los inversores no saben lo que están haciendo. Por tanto, no se trata de ignorarlo, sino de comprenderlo, clasificarlo y gestionarlo de forma sistemática.
Por Jörg Held, responsable de la gestión de carteras en Ethenea Independent Investors
Muchos inversores consideran el riesgo principalmente como una amenaza. Por eso tratan de evitar la incertidumbre en la medida de lo posible, aunque los rendimientos solo pueden generarse cuando los riesgos se asumen de forma consciente. Warren Buffett resume bien esta relación: el riesgo nace cuando los inversores no saben lo que están haciendo. Por tanto, no se trata de ignorarlo, sino de comprenderlo, clasificarlo y gestionarlo de forma sistemática.
Nuestra gestión del riesgo persigue tres objetivos: proteger el capital invertido, limitar las oscilaciones de valor y encontrar un equilibrio entre rentabilidad y riesgo. Sobre todo en épocas de crisis, este enfoque permite contener pérdidas importantes y evitar ventas precipitadas. La eficacia con la que una cartera gestiona los riesgos y los convierte en rentabilidad es fundamental. Los riesgos se manifiestan en muchos niveles: van desde las fluctuaciones globales de los mercados hasta los desarrollos económicos y políticos, pasando por los relacionados con los distintos instrumentos financieros. Nuestro enfoque consiste, sobre todo, en aprovechar las oportunidades sin dejar que los riesgos individuales nos influyan de manera innecesaria.
¿Por qué solo algunos riesgos generan una prima? En principio, los riesgos pueden dividirse en dos categorías: riesgos sistemáticos y riesgos no sistemáticos. Los riesgos sistemáticos afectan al conjunto del mercado o a clases enteras de activos. No pueden eliminarse mediante la diversificación. Para obtener un rendimiento es necesario asumirlos. Los riesgos no sistemáticos, en cambio, están vinculados a valores o emisores concretos. Pueden reducirse de forma notable gracias a una diversificación adecuada, sin sacrificar el rendimiento. Por este motivo, en los mercados de capitales solo se reconoce una prima para los riesgos sistemáticos.
El riesgo de mercado es un riesgo sistemático central. Se manifiesta cuando caen los mercados bursátiles, cuando suben los tipos de interés o cuando las divisas y los precios de las materias primas sufren fuertes oscilaciones. Estos movimientos influyen simultáneamente en numerosos activos. Para evaluar mejor los riesgos se utilizan indicadores como la volatilidad, que muestra cuánto pueden variar los valores. Los riesgos de crédito, por su parte, se producen cuando Estados, empresas o instituciones financieras ya no pueden cumplir con sus obligaciones. Pueden afectar a emisores concretos, a sectores enteros o incluso a países. Las calificaciones, las probabilidades de insolvencia y los indicadores de mercado, como los spreads de crédito, permiten evaluar estos riesgos en una fase temprana.
Los riesgos de liquidez suelen tenerse en cuenta solo en periodos de crisis. Se presentan cuando los títulos son difíciles de vender o solo pueden cederse a un precio reducido. En fases de tensión, la liquidez del mercado puede evaporarse. Los títulos poco negociados suelen sufrir falta de liquidez incluso en periodos de calma. Indicadores como el spread denaro-lettera o el volumen negociado permiten medir con qué rapidez pueden liquidarse las posiciones sin afectar de forma significativa al precio de mercado. Un riesgo adicional deriva de una diversificación insuficiente. Si una cartera está demasiado concentrada en valores, sectores o países concretos, incluso acontecimientos de poca magnitud pueden provocar pérdidas considerables. Estos riesgos de concentración pueden limitarse mediante reglas de diversificación claras y un control regular de las posiciones más relevantes.
Por último, los riesgos extramercado: riesgos de tipo de cambio, de inflación y operativos. Invertir en divisas extranjeras conlleva riesgos adicionales. Los tipos de cambio pueden amplificar o anular las ganancias, con independencia de la evolución del valor de la propia inversión. Las posiciones abiertas en divisas extranjeras muestran en qué medida una cartera depende de estas oscilaciones. Sobre esta base, los gestores de carteras deciden qué riesgos de cambio están dispuestos a asumir y cuáles pretenden cubrir. La inflación actúa de forma silenciosa pero persistente. Cuando los precios suben más rápido que el valor de una cartera, el patrimonio pierde consistencia en términos reales. Este riesgo afecta a todos los inversores. No puede evitarse, solo tenerse en cuenta. Las previsiones sobre la inflación y los indicadores basados en el mercado, como las tasas de equilibrio, aportan indicaciones al respecto.

No todos los riesgos proceden de los mercados. Los procesos ineficientes, los fallos técnicos o los errores humanos pueden causar daños tan grandes como las intervenciones normativas. Estos riesgos operativos son difíciles de cuantificar. Requieren procesos claros, responsabilidades bien definidas y controles eficaces. En los mercados financieros los riesgos no pueden ni evitarse ni eliminarse. Son la condición necesaria para generar rendimientos. Lo que importa es saber si se asumen de forma consciente, se comprenden y se gestionan de manera continua, o si inciden en la cartera sin tenerse en cuenta. Esto confirma la idea expresada en esencia por Warren Buffett: el riesgo no deriva de las fluctuaciones del mercado en sí, sino de una falta de conocimiento y de un enfoque sistemático insuficiente. Quien gestiona los riesgos de forma estructurada no tiene motivo para temerlos. Al contrario, crea las condiciones necesarias para adoptar decisiones estables, sobre todo cuando los mercados son turbulentos.
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