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Edificios de Wall Street en Nueva York, vistos desde la calle

Los mercados entre euforia y miedo. Wall Street choca con la realidad y pasa factura

El mercado está pasando de la era de las grandes promesas a la de las comprobaciones. La inteligencia artificial seguirá transformando la economía, pero no todas las empresas que hoy invierten en ella lograrán convertir esta revolución en beneficios proporcionales

por Vincenzo LanaPublicado el
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Siempre llega un momento en que los inversores dejan de preguntarse cuánto pueden crecer determinados mercados y empiezan a preguntarse cuán sostenible es realmente ese crecimiento. Probablemente ese momento es justo el que estamos viviendo en estas últimas semanas: tras meses de entusiasmo, expectativas muy altas y capitales volcados en el sector tecnológico, algo está cambiando.

La semana que acaba de concluir dejó una señal bastante clara: el viernes 30 de octubre el Nasdaq cayó un 2,86%, registrando su peor sesión desde junio, mientras que el S&P 500 cedió un 1,82%. Octubre cerró con una pérdida del 5,3% para el Nasdaq, la peor desde marzo de 2025. El detonante fueron sobre todo los resultados trimestrales de algunos de los principales protagonistas de la revolución tecnológica. Amazon decepcionó a los analistas y mostró un flujo de caja libre negativo de 42,4 mil millones de dólares en los últimos doce meses, al tiempo que confirmaba inversiones previstas por unos 220 mil millones en 2026. Intel, por su parte, sorprendió negativamente al mercado con previsiones de ingresos por debajo de lo esperado, llegando a perder casi un 29% en una sola sesión. Alphabet también, tras unos resultados decepcionantes y un flujo de caja negativo, había registrado la peor caída diaria de su historia.

No se trata necesariamente de empresas en dificultades estructurales, sino de compañías de las que el mercado espera muchísimo. Y cuando las expectativas son tan altas, incluso unos resultados económicamente positivos (aunque con alguna sombra) pueden bastar para desatar ansiedad y miedo. Sin embargo, el verdadero problema es más profundo y afecta a la inteligencia artificial. Los grandes grupos tecnológicos están invirtiendo cifras impresionantes en la construcción de centros de datos, infraestructuras, procesadores y sistemas de cálculo. Según las estimaciones que circulan en el mercado, los principales hyperscalers estadounidenses podrían llegar a invertir en conjunto unos 700 mil millones de dólares en 2026, con nuevos aumentos previstos para el próximo año.

La pregunta que empiezan a hacerse los inversores es sencilla: ¿cuándo llegarán los retornos económicos de estas inversiones? Porque construir infraestructuras carísimas no significa automáticamente generar beneficios proporcionales. Y aquí entra otro elemento que podría alterar los equilibrios del sector: la competencia china. Modelos como los desarrollados por DeepSeek y Moonshot están demostrando que es posible lograr prestaciones cada vez más competitivas con costes sensiblemente inferiores a los de las soluciones estadounidenses. Las acusaciones de destilación ilícita lanzadas por algunas empresas de Estados Unidos contra los laboratorios chinos añaden más interrogantes, pero el dato económico sigue ahí: la ventaja tecnológica podría durar menos de lo que imaginan los inversores.

Por tanto, si el rendimiento de la inteligencia artificial fuera haciéndose progresivamente accesible a costes más bajos, también podrían resentirse los márgenes de beneficio de los protagonistas del sector. No es casualidad que la SEC haya empezado a examinar las comunicaciones de las empresas activas en inteligencia artificial, con especial atención a la transparencia sobre los riesgos y sobre las perspectivas económicas. A ello se suma la creciente preocupación por el endeudamiento de las compañías que están construyendo las infraestructuras necesarias para la revolución de la IA. En definitiva, el mercado no está cuestionando necesariamente el futuro de la inteligencia artificial, sino que empieza a pedir cuentas por el precio que hay que pagar para llegar hasta él.

Mientras tanto, también estamos asistiendo a una rotación de capitales; mientras tecnología y semiconductores se venden, sectores tradicionalmente más defensivos, como sanidad y bienes de consumo básico, están mostrando una mayor capacidad de resistencia. Algunos ETF sectoriales incluso han alcanzado nuevos máximos, mientras valores como Walmart, Coca-Cola y varias compañías farmacéuticas se han beneficiado del desplazamiento de las inversiones. Es un comportamiento típico de las fases en las que aumenta la incertidumbre: los operadores reducen su exposición a los activos considerados más vulnerables y buscan activos con flujos de caja más previsibles.

Sin embargo, el panorama macroeconómico presenta otras complicaciones: la Reserva Federal mantuvo sin cambios los tipos en octubre, aunque dejó abierta la posibilidad de nuevas subidas. Las expectativas del mercado siguen orientadas hacia una política monetaria aún restrictiva, mientras que algunos análisis, entre ellos los de Morningstar, plantean un escenario distinto: una posible última subida en diciembre, seguida de una fase de recorte de los tipos durante 2027 y 2028. El razonamiento es interesante: si las inversiones en inteligencia artificial se ralentizaran o si la automatización produjera una reducción significativa del empleo, las presiones económicas podrían disminuir, empujando a la Fed hacia una política monetaria más acomodaticia. No es una previsión segura, pero demuestra hasta qué punto el destino de los tipos está ya entrelazado con el de la revolución tecnológica.

En el frente de las materias primas, en cambio, surgen señales contradictorias. El petróleo sigue respaldado por las tensiones geopolíticas y por las dificultades en el suministro energético, con el Brent por encima de los 117 dólares por barril en las contrataciones del viernes. En Europa, el gas natural también registró un fuerte repunte, alimentando nuevas preocupaciones por la inflación de cara al invierno. El oro, por el contrario, atravesó una fase de fuerte corrección, cayendo por debajo de los 4.000 dólares la onza y alejándose sensiblemente de los máximos alcanzados en enero. Una caída que recuerda que ni siquiera los activos tradicionalmente considerados refugio están inmunes a las tomas de beneficios, sobre todo después de subidas excepcionales.

Bitcoin y el sector de las criptomonedas también se encuentran en una fase delicada, entre volatilidad, incertidumbre regulatoria y nuevas preocupaciones ligadas a la seguridad de los exchanges, tras las noticias sobre el enorme ataque informático que habría golpeado a Binance.

¿Qué debemos esperar ahora? A corto plazo existen al menos tres escenarios. El primero es la continuación de la corrección: si las próximas cuentas trimestrales confirman un crecimiento de los beneficios inferior a lo esperado y las inversiones en inteligencia artificial siguen aumentando sin una perspectiva clara de rentabilidad, podríamos asistir a nuevas ventas, especialmente en los valores tecnológicos con valoraciones elevadas.

El segundo escenario es el de una estabilización: las empresas demuestran que las inversiones empiezan a dar resultados, el crecimiento de los beneficios se mantiene sólido y las caídas actuales se convierten en una oportunidad para reequilibrar las valoraciones. En ese caso, el mercado podría recuperarse gradualmente, también gracias a una mayor participación de los sectores que hasta ahora han quedado en un segundo plano.

El tercer escenario, quizá menos contemplado por los inversores, es el de una rotación más duradera: no necesariamente un desplome de Wall Street, sino un cambio en el liderazgo de los mercados, con una reducción progresiva de la concentración en los grandes valores tecnológicos y una mayor atención hacia empresas, sectores y áreas geográficas con valoraciones más razonables. Además, los indicadores de Morningstar siguen mostrando un mercado estadounidense relativamente caro en comparación con su propia historia. La relación precio/beneficio se sitúa en torno a 23,83, todavía en la parte alta del rango de los últimos veinte años. Esto no significa que Wall Street deba caer necesariamente, pero sí sugiere que el margen de seguridad es menor y que cualquier decepción puede tener consecuencias más serias.

Para los inversores, por tanto, el momento exige sobre todo disciplina. Perseguir las subidas cuando el entusiasmo es máximo y dejarse llevar por el pánico cuando llegan las correcciones son dos comportamientos que rara vez ofrecen buenos resultados a largo plazo. Quien invierte mediante un plan de acumulación debería recordar que las fases de volatilidad forman parte del recorrido y que una corrección también puede permitir comprar participaciones a precios más convenientes. Naturalmente, eso no significa que cualquier caída represente automáticamente una oportunidad: importan la calidad de los instrumentos, la diversificación, el horizonte temporal y la capacidad de asumir eventuales pérdidas.

En un contexto en el que las valoraciones estadounidenses siguen elevadas, los tipos aún relativamente altos y las tensiones geopolíticas continúan influyendo en la energía y la inflación, contar con una cartera diversificada entre distintas áreas geográficas y clases de activos puede volverse especialmente importante. La verdadera lección de estas semanas, probablemente, es que el mercado está pasando de la era de las grandes promesas a la de las comprobaciones. La inteligencia artificial seguirá previsiblemente transformando la economía, pero no todas las empresas que hoy invierten miles de millones lograrán necesariamente convertir esta revolución en beneficios proporcionales. Y Wall Street, tarde o temprano, siempre pasa factura.

Para los inversores no es momento de intentar adivinar cada movimiento del mercado, sino de entender qué riesgos están aumentando, qué oportunidades están surgiendo y, sobre todo, si su propia cartera está construida para afrontar más de un escenario. Porque en los mercados financieros no gana necesariamente quien logra prever la próxima semana, sino quien consigue mantener la lucidez cuando todos los demás empiezan a perder el rumbo.

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