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Fachada de la Bolsa de Nueva York con columnas y banderas estadounidenses
Louis / Pexels · Pexels License

La concentración de la riqueza y el poder financiero traicionan el pacto social occidental

El pacto social occidental se fundaba en una promesa: mediante el esfuerzo y el trabajo sería posible mejorar la propia situación y garantizar a los hijos una vida mejor. Hoy esa promesa parece traicionada, sobre todo para los jóvenes

por Valerio Giunta, CEO di Startup Italia Srl e Founder di Banking PeoplePublicado el
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Según el World Inequality Report 2026, el 10% más rico de la población adulta mundial posee alrededor del 75% de la riqueza, mientras que a la mitad más pobre apenas le queda el 2%. Es un dato global que no describe por sí solo la situación de la clase media occidental, pero muestra hasta qué punto la riqueza está concentrada.

Mientras tanto, las familias encuentran dificultades para comprar una vivienda, ahorrar y construir seguridad económica. En este escenario, también cobra relevancia el peso de los grandes operadores financieros. BlackRock, Vanguard y State Street administran patrimonios enormes y, a través de los fondos gestionados, tienen participaciones significativas en las mayores compañías cotizadas.

Según un estudio de IESE Business School, los tres gestores figuran entre los cinco mayores accionistas en el 90% de las empresas del S&P 500. Eso no significa que controlen directamente a los gobiernos ni que posean personalmente los capitales administrados. Pero su presencia plantea una cuestión importante: ¿cuánto margen conservan las decisiones políticas cuando una parte tan relevante de la economía depende de los mercados financieros y de los grandes inversores institucionales?

Los países occidentales, ahora también Francia y Estados Unidos, bajo el peso creciente de la deuda

El endeudamiento público también está adquiriendo dimensiones relevantes. En Francia, según el INSEE, en junio de 2026 la deuda pública alcanzó 3.595,5 miles de millones de euros, equivalente al 119% del PIB. La necesidad de contener el déficit choca con las demandas de ciudadanos que piden mayor protección social y servicios públicos adecuados mientras el gobierno invierte en guerra y armamento. En Estados Unidos, la deuda federal bruta superó los 40.000 miles de millones de dólares. Para 2026, el déficit federal se situó en el entorno de los 2.000 miles de millones, con un coste anual de los intereses netos superior a los 1.000 miles de millones.

Son economías muy distintas: en particular, el papel internacional del dólar ofrece a Estados Unidos ventajas que Francia no posee en la misma medida. Pero la cuestión común es evidente: una cuota creciente de los recursos públicos debe hacer frente a las cargas de la deuda, mientras aumentan las demandas de intervención económica y social que, por el contrario, se prevé reducir. Y el problema afecta sobre todo a las generaciones futuras. En Estados Unidos, según la National Association of Realtors, en 2025 la edad mediana de quienes compraban su primera casa alcanzó los 40 años.

La deuda pública no es necesariamente una herencia negativa: si financia infraestructuras, educación e inversiones productivas, crea oportunidades duraderas. Si, en cambio, aumenta sin sostener un crecimiento adecuado, limita las posibilidades de las generaciones siguientes. ¿Qué confianza pueden tener en el futuro los jóvenes que encuentran dificultades crecientes para construir una profesión, un hogar, un futuro próspero, mientras reciben en herencia un endeudamiento público tan elevado?

El declive relativo de Occidente y el dilema del rearme

A las dificultades internas se suma una transformación internacional. El crecimiento de China, el peso de India y la ampliación de los BRICS muestran la voluntad de diversas economías emergentes de reforzar su peso internacional y de generar bienestar para sus ciudadanos. El llamado Sur global hoy no constituye un bloque homogéneo, pero sus protagonistas cuestionan los equilibrios comerciales y financieros que han favorecido el predominio occidental. Occidente debe, por tanto, enfrentarse a una mayor competencia internacional justo cuando le cuesta responder a las demandas económicas y sociales de sus ciudadanos.

En este contexto se abre el delicado capítulo del rearme. Con el programa ReArm Europe/Readiness 2030, la Unión Europea pretende movilizar hasta 800.000 millones de euros de capacidad adicional de gasto para la defensa, mediante instrumentos de financiación y flexibilidad fiscal. La decisión se justifica por las nuevas necesidades de seguridad, la guerra en Ucrania y la incertidumbre de los equilibrios geopolíticos.

Sin embargo, surge una pregunta política y económica: ¿cómo conciliar las restricciones presupuestarias invocadas para el bienestar social con la disposición a ampliar las inversiones militares? Desde una perspectiva keynesiana, también el gasto militar puede sostener la demanda, la producción y el empleo. Genera encargos para las empresas de defensa y oportunidades para los inversores, pero implica costes públicos y puede requerir nuevo endeudamiento.

Pero es legítimo preguntarse quién recibirá beneficios económicos reales de ello y cómo se distribuirán los costes.

¿Qué recursos estarán disponibles para sanidad, educación y políticas sociales? ¿Qué deuda dejaremos a las nuevas generaciones?

La historia muestra además que, en períodos de dificultad interna, la percepción de una amenaza externa ha sido a menudo utilizada para reforzar temporalmente el apoyo a los gobiernos. Esto no demuestra que los conflictos se provoquen siempre para distraer a los ciudadanos. Pero invita a permanecer vigilantes para que las decisiones de seguridad no sustituyan el debate sobre las dificultades económicas y sociales.

La crisis del consenso y una hipótesis para volver a empezar: invertir en la persona

El filósofo Andrea Zhok observa que no hace falta llegar a la pobreza extrema para que una población pierda la confianza en las instituciones. Basta con que desaparezcan las condiciones de vida y las perspectivas que tenía razones para esperar. Las protestas que hoy atraviesan Occidente tienen causas diferentes. Los episodios de violencia deben condenarse, pero no pueden convertirse en el pretexto para ignorar las demandas pacíficas de trabajo, justicia, educación y futuro.

Ante esta situación, una posible vía de relanzamiento emerge de la encíclica Magnifica Humanitas de Papa León XIV. La dignidad de cada ser humano no depende de los logros que alcanza, de la riqueza que posee o de su capacidad para producir. Cuando todo se mide en términos de eficiencia, la persona corre el riesgo de convertirse en un instrumento al servicio de intereses económicos y de poder.

¿Y si la respuesta a la crisis no fuera solo invertir más en armas, sino volver a invertir en las personas? Eso significaría considerar la educación, el trabajo digno, el crecimiento humano y las relaciones no como costes que hay que comprimir, sino como condiciones fundamentales del desarrollo. También las pequeñas empresas pueden marcar la diferencia: la empresa debe producir riqueza, pero también debe ser un lugar en el que las personas crezcan, construyan relaciones y participen en un ideal común. No se trata de oponer la persona a la economía o a la tecnología, sino de redescubrir el fin al que ambas deben servir para el bien común.

Quizá la salida de esta crisis pase precisamente por aquí: reconstruir un ideal compartido, en el que el valor del ser humano esté antes que los intereses económicos y el poder vuelva a ser un servicio a la persona. Porque, como recuerda León XIV, la calidad de una civilización no depende solo de la potencia de sus medios, sino de la capacidad de cuidar a las personas.

Un poder cada vez más concentrado en su propia conservación y en los intereses económicos ha contribuido a vaciar los ideales compartidos, debilitando identidades y vínculos sociales. Cuando falta un ideal positivo por el que construir, resulta más fácil señalar a un enemigo en torno al cual reunir consenso: la contraposición sustituye al bien común y el miedo ocupa el lugar de la esperanza. En cambio, el verdadero progreso es construir una sociedad en la que cada hombre pueda reconocer su valor y encontrar las condiciones para realizarse.

Fuentes principales

  • Ray Dalio, Principles for Dealing with the Changing World Order
  • World Inequality Report 2026, World Inequality Lab
  • INSEE, datos sobre la deuda pública francesa, segundo trimestre de 2026
  • U.S. Treasury, datos sobre la deuda federal 2026
  • National Association of Realtors, 2025 Profile of Home Buyers and Sellers
  • Comisión Europea, ReArm Europe/Readiness 2030
  • Andrea Zhok, La pentola a pressione
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